Vuelta a la Rutina

¿Cómo lo vives tú? ¿Te da paz y orden, o sientes tristeza y aburrimiento?
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Parece que todos coincidimos en que a los niños les vienen bien las rutinas: un horario fijo de comidas, de sueño; la vuelta al colegio, que favorece la puesta en práctica de estos horarios, unas tareas fijadas que, según los expertos, aportan seguridad al pequeño y ayudan a su desarrollo de una manera sana.

¿Quién no lo ha experimentado? Ese bebé que no duerme la siesta un día porque sales a comer con amigos y el ruido del restaurante no favorece su sueño… los padres ya anticipan que el resto del día el bebé estará “rabiosillo”, intranquilo, “descolocado”. Le hemos sacado de sus rutinas y el bebé lo acusa. Es un “organismo simple” que necesita la seguridad de saber lo que va a pasar, y cuando no pasa, se resiente.

Pero, ¿y cuando somos adultos? Parece que la palabra rutina nos da escalofríos: “hemos caído en la rutina”, “se me hacen los días eternos porque es siempre lo mismo”, “las tareas rutinarias me desmotivan y adormecen el ánimo”… 

Aunque quién, al final del verano, no ha deseado esa vuelta a la rutina, a los horarios, al control -que nos da seguridad- y al orden.

¿Por qué esta contradicción?

Hace poco, gracias a mi querida Miriam Fernández, cayó en mis manos un artículo de la revista Cuerpo y Mente escrito por Elisabet Silvestre. Su propuesta o reto con respecto a las rutinas es pararnos a pensar en cómo las vivimos:

"Como actividades monótonas, ordinarias, automáticas hilvanadas de forma precisa, sintiendo esa obligación que no deja espacio para vivir. O como momentos cotidianos y sencillos que forman parte de un propósito mayor"
Elisabet Silvestre
Cuerpo y Mente, septiembre 2022

Y en este punto entronca el concepto rutina con el de ritual.

Es interesante ver cómo cada una de estas palabras que, en principio encierran en su significado conceptos comunes (repetición, tradición… ), tienen una connotación claramente diferenciada: cuando hablamos de ritual nos referimos a actitudes, comportamientos, liturgias, gestos… encaminados a la consecución de un fin.

Tirar una moneda de espaldas en la Fontana di Trevi en busca de buena suerte. Es una tradición, o ritual que todos los que hemos visitado Roma hemos cumplido fielmente.

Arrodillarnos, rezar, comulgar… conforman la liturgia de la ceremonia católica de la misa. Como otros actos y gestos forman parte de las liturgias de otras religiones. Persiguiendo sus practicantes prestar culto y honrar a su religión.

El ritual de limpieza y cuidado de la piel, que muchos expertos y marcas cosméticas recomiendan, pretenden conseguir una piel más luminosa, más hidratada, más cuidada y saludable, en definitiva.

¿Y si dotamos a cada una de nuestras rutinas de un fin superior? ¿Y si les damos sentido? 

Dejemos de verlas como una obligación, como una vuelta a lo cotidiano en términos de aburrimiento y démosle a la rutina el preciado papel que le damos cuando evitamos que el bebé se salte su siesta.

Elijamos el poder que le damos a las palabras y otorguémosle a las rutinas una finalidad de autocuidado y de bienestar. Démosle a la rutina categoría de ritual para disfrutar de todos sus beneficios: el orden exterior que favorece el orden interior.

Los horarios, anticipar tareas y determinadas situaciones, también a los adultos, nos dan esa seguridad que defendemos tanto en nuestros niños. Sentir que tienes tu día a día bajo control ayuda a aliviar la carga mental y a poder dedicar esos espacios de energía liberada a pensamientos o acciones más nutritivas para nuestro cuerpo y mente.

Abraza tus rutinas con la ilusión de tener a tu alcance herramientas que te ayudarán a ser más feliz. Y después, permanece atento, diviértete y ríete de lo inesperado que ocurra, que ocurrirá. Estarás preparado para gestionarlo desde la calma y la tranquilidad, desde tu propia seguridad.

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Charo Cortés
Economista,
Organizadora Profesional, Fundadora de LHG